En
este momento, ya me olvidé de vivir; me he olvidado hasta de respirar.
Lo
bueno de todo esto, es que olvidé cómo llorar porque desde hace tiempo, no he
encontrado un motivo tan fuerte y desequilibrante que me arrebate las lágrimas.
Lo
malo, es que también olvidé cómo sonreír, cómo amar y hasta cómo creer.
Me
encuentro en una etapa que llamo “Vivir muriendo”; mis sentidos cada vez se
vuelven más débiles, mis sentimientos agonizan entre la apatía y el desinterés
y ahora, ya no importa si vivo o muero.
En
pocos días, me olvidé de la magia del cielo al amanecer y de las noches estrelladas
de octubre, olvidé el frío de aquel invierno perfecto y el sol empalagoso de
junio, olvidé aquel aroma delicioso del café y el sentimiento cuando el agua de
aquel mar tocó mis piernas por primera vez.
Pero
no todo lo que olvidé fue bueno, también olvidé la angustia, los rencores, el
dolor de mi primera cirugía, la depresión que dejó un trozo de periódico,
olvidé el momento en el que se fue, olvidé quién se fue y porque se fue, olvidé
mis errores y lo mucho que me reprendí por ellos y lo más importante; olvidé
cuándo fue la última vez que lloré y la causa de ello.
Ahora,
ya no sé si soy o fui, sólo sé que vago por el mundo en busca de un nuevo
sentido; nunca me detengo porque si lo hago, siento que me desvanezco y aquella
sensación es peor a la de vivir muriendo.
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