Cada individuo crea sus propios fantasmas y les otorga diferentes
poderes dependiendo sus miedos; incluso pudieran tener el poder de destruir los
sueños.
Algunos fantasmas desaparecen al amanecer, cuando la luz despierta
y el sol invade hasta los espacios más pequeños; otros permanecen aunque el día
haya comenzado y nos acompañan a todas partes, esos son los que más lastiman,
esos son los que paraliza.
Los fantasmas tienen diferentes mascaras como inseguridad,
frialdad, desamor, recuerdos destructores, sueños frustrados, pero al final terminan
siendo uno sólo; el miedo a no hacerlo bien, a no ser querido, a no querer, a
que vuelva a ocurrir algo malo, a que se destruyan las esperanzas… a ser
lastimados. Le tenemos miedo al dolor porque es una sensación desagradable, a
veces, nos hace falta recordar que él es el mejor maestro y que estará en
nuestras vidas aunque tratemos de evitarlo.
Todos tenemos diferentes maneras de evadir los fantasmas; una luz
que los aleje, correr como queriendo escapar, ocupar la mente en otras cosas,
buscar compañía porque creemos que si estamos
con alguien no nos acecharan y tal vez sea cierto, pero siempre llega el
momento de estar solos, de que se apaguen las luces, de que se agoten las
fuerzas de huir, de que tu “yo interno” logre la calma suficiente para estar en
paz y entonces, ellos aparecen, ya no los puedes alejar y debes enfrentarlos porque
sólo de esa manera lograrás vencerlos.
Sólo tú puedes decidir entre dejar que aplasten tus sueños o darles
un golpe con la suficiente fe como para que se marchen y no vuelvan nunca.
Todos tenemos fantasmas, todos tenemos miedos, pero de la misma
manera en que los creamos, tenemos la fuerza para destruirlos; sólo hace falta
un poco de valor.

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